El puño de Labordeta

Reírse de quien levanta el puño como signo de su identidad cívica no es de liberales sino de lo que queda todavía en uno de falangista y mamporrero de Defensa Universitaria. Gracias a los ciudadanos que aquí levantaron el puño un día --ante el pelotón de fusilamiento incluso-- existe la libertad que permite que la derecha española se siente en un Parlamento democrático. No se hace broma con eso, y cuando se hace, se demuestra que uno no sabe dónde está ni porqué. A mí me gustaría para mi país una derecha liberal que sintiera que sus raíces están el el mismo lugar que las del resto de formaciones: en el antifascismo democrático. Pero se vé que aún es demasiado pronto.
Lo que significa el puño en alto lo explica la conocida canción de Labordeta Canto a la libertad, ilustrada aquí por Alfredo.
Habrá un día en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga libertad.
Hermano, aquí mi mano,
será tuya mi frente
y tu gesto de siempre
caerá sin levantar
huracanes de miedo
ante la libertad.
Haremos el camino
en un mismo trazado,
uniendo nuestros hombres
para así levantar
a aquellos que cayeron
gritando libertad.
Sonarán las campanas
desde los campanarios
y los campos desiertos
volverán a granar
unas espigas altas
dispuestas para el pan.
Para un pan que en los siglos
nunca fue repartido
entre todos aquellos
que hicieron lo posible
por empujar la historia
hacia la libertad.
También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver;
pero habrá que forzarla
para que pueda ser.
Que sea como el viento
que arranque los matojos
surgiendo la verdad
y limpie los caminos
de siglos de destrozos
contra la libertad.
1 comentario
Franco Alemán -
Por supuesto, no estoy diciendo que Labordeta ni muchos de los que usaron y usan el gesto del puño en alto sean totalitarios; tampoco quienes llevan camisetas del Che, o de Ho Chi Min. Pero sí digo que el gesto en si pertenece a una ideología tan totalitaria como el brazo en alto, pero que a diferencia de éste (que sería impensable ver en público) goza de una extraña tolerancia, como si la ideología a la que representa no fuese culpable más que de algún pecadillo que otro. Nadie aceptaría plácidamente que alguien llevara una camiseta de Mussolini en un restaurante, como llevaba una de la CCCP un jovenzuelo en un restaurante ayer para asombro de mis acompañantes, unos estadounidenses que no eran precisamente pro-Bush (están más bien en la órbita de Kucinich y Nader)
Y, modestamente, creo que al gesto no lo redime el que en ocasiones haya sido usado por verdaderos luchadores de la libertad, como puede ser el caso de Labordeta, del mismo modo que tampoco redimiría al brazo en alto el que alguien que lo usara fuera un demócrata. De hecho, ningún demócrata lo haría; lo triste es que muchos demócratas no tengan empacho en levantar el puño.